Por: Angel Elpidio Yerbasanta
Chamán afrocaribeño. PhD en Misterios Necrománticos por la Universidad Americana de Ciencias Ocultas.
Le llaman “mal aire”, daño, “mal-mal”, porquería, maldad, echar brujería... Comúnmente, las personas dicen que «por ahí se la (lo) están acabando», que «lo tienen bien trabajado», cuando se refieren a cualquier enfermedad o padecimiento insidioso, crónico, degenerativo, doloroso, incapacitante o terminal, inexplicable a nivel científico y que es atribuido a emociones hostiles como la envidia, el coraje, el odio, los celos o el resentimiento que otros proyectan y materializan sobre una persona.
Cuando tales emociones llegan a ser intolerables para quien los sufre, se busca de manera deliberada provocar el sufrimiento y/o la destrucción de la persona que los motiva, para afectar su salud mental o física mediante infortunios amorosos, problemas de adicciones, desempleo, problemas financieros o de cualquier otro flagelo que azote al individuo o a su familia.
Para materializar este tipo de deseos, se debe recurrir obligadamente a trabajos de Magia Negra que sólo un Brujo o Nagual poderoso puede conjurar y que su especialidad sea «saber hacer y devolverla», es decir, que provoque el mal en otros y también que devuelva mal por mal.
El daño o brujería es un riesgo culturalmente significativo en la mayoría de las sociedades y exige recurrir a su cura mediante rituales mágicos particulares. Se cuenta que los Brujos que hacen daño han logrado pactos con El Diablo ofreciéndole a éste su vida y dejándole como prueba de su fidelidad, para empezar, causar un “mal aire” precisamente al ser que más ame.
Uno de los rituales para hacer los conjuros de maldad es el llamado “Baile con el Diablo”, que se lleva a cabo a la medianoche y permite al Brujo utilizar ciertos dones sobrenaturales otorgados por el ángel caído para consolidar los trabajos de maldad.
El recurso más común para conjurar el "mal aire" es el de las pócimas, que al ser ingeridas se alojan en el organismo del embrujado (o embrujada), trastocándolo y destruyéndolo.
El contenido de la pócima depende del fin perseguido. Si el propósito es aniquilar a la víctima, entre sus ingredientes debe contener, por ejemplo, tierra de cementerio recolectada a media noche, de la tumba de una persona a la que hayan matado. Si sólo se pretende afectarlo de manera temporal, es decir, que el embrujo sea por un plazo determinado, puede incluir sal de siete cantinas, revuelta con tierra de cementerio o camposanto, para «salar» a la persona durante siete años (o el tiempo que se designe en el hechizo), y que el dinero no le rinda, no consolide relaciones amorosas, etc.
Otro método muy popular y poderoso es el uso de imágenes; de modo particular los muñecos Voodoo. Los embrujados refieren experimentar dolores que se conjuran por el Principio de Semejanza.
Asimismo, invocando el Principio de la Ponzoña, los objetos personales de la víctima, una prenda íntima o su fotografía, son utilizados por los brujos negros para propiciar el daño o“mal aire”.
Ya en un plano más elevado y poderoso, los brujos negros usan la mirada y las palabras (invocaciones y sortilegios) para penetrar en el espacio corporal del agredido y depositar en él la maldad o cochinada. Y es que la fórmula mágica emitida con la palabra, como verbalización de un deseo, trasmuta ese anhelo en una realidad objetiva.
Algunos de los hechizos oscuros más populares son el Conjuro Chamánico del Perro Negro, los diversos hechizos relacionados con la Santa Muerte
LA CURA
Cualquier enfermedad en la cual los procedimientos médicos habituales de curación se encuentran estancados puede atribuirse al daño por Magia Negra. Entre los síntomas están el malestar general sin causa aparente, la inapetencia, dolores en diversas partes del cuerpo, punzadas, nerviosismo o ansiedad, adelgazamiento e insomnio; o como dicen algunas personas: el paciente «se va secando, secando, hasta quedar los puros pellejos».
El establecimiento de la causa que originó el padecimiento constituye el paso esencial para la cura que se realiza basándose en la información referencial del enfermo y sus familiares, Se detectan algunos signos corporales y se procede a un primer proceso mágico, como puede ser el atisbo de la disposición de los granos de maíz vertidos en una jícara con agua — de raigambre mesoamericana —, el tendido de la baraja [Tarot] o la lectura de un huevo o de las plantas con las que previamente se ha limpiado al paciente. A partir de este procedimiento se establecen criterios para la curación.
En primera instancia el chamán o brujo curandero busca descifrar si la causa de la enfermedad es «buena» — espanto, sombra, latido o aire — o «mala» — daño [brujería], maldad o mal aire —.
Si la enfermedad es mala, el curandero puede sentir que el cerebro del enfermo «se le encoje», o experimenta «un asco [nausea]», mientras que un mal «bueno», es leve y no requiere de un hechizo intenso de retiro de maldiciones.
Dependiendo de su capacidad y del método de diagnóstico utilizado, un curandero puede ver las características físicas de quien ha echado brujería al paciente: el color de su piel y cabello, edad, género, proximidad social y física, así como la causa del embrujo — envidia, celos, coraje — y el móvil de ese sentimiento — dinero, afecto, bienes materiales, trabajo —.
Un curandero también puede ubicar el lugar en que interactúa o interactuó la víctima con su agresor — trabajo, casa, vecindario — y de qué medios se ha valido para hacer el embrujo — muñeco, tomas, sapos, ropa íntima, fotografía, acto sexual con el brujo, etcétera —.
Si el brujo negro utilizó un medio físico para realizar la maldad, el curandero puede detectar dónde se encuentra ese recurso; si la enfermedad se dio por algo ingerido, se puede saber quién fue el intermediario que le hizo llegar la cochinada, y hasta el dato preciso de cuánto le pagó al brujo para los conjuros.
Igualmente, algunos curanderos que ingieren sustancias psicoactivas pueden visibilizar los efectos que el embrujo produce en el cuerpo.
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